Segovia: mucho más que cochinillo, alcázar y acueducto

No voy a descubrir Segovia a nadie. Esta pequeña, histórica y amurallada ciudad castellana es suficientemente conocida. Por dar una cifra: el Alcázar de Segovia recibe casi medio millón de visitantes al año, más de un tercio de los cuales son extranjeros. No, no voy a descubrir Segovia a nadie. Pero pienso que es una lástima que la gran mayoría de los viajeros se limiten a recorrer la Calle Real, que va desde el acueducto al Alcázar.

Ciertamente, si sólo vas a estar unas pocas horas en la ciudad ese es el recorrido que debes hacer. Y, si te pilla allí la hora de comer, sería una pena que no aprovecharas la ocasión para saborear el tradicional cochinillo asado. En la plaza del Azoguejo, al pie del acueducto, está el más que conocido mesón de Cándido. Luego, subiendo la Calle Real, te encontrarás con otros dos clásicos del cochinillo: Duque y El Bernardino. Y con la Casa de los Picos, con la estatua del líder comunero Juan Bravo junto a la iglesia románica de San Martín, con diversos palacios… Finalmente llegarás a la Plaza Mayor y pasarás ante la catedral gótica (la última catedral gótica que se construyó en España) para continuar hasta el Alcázar, en el extremo del recinto amurallado.

Pero Segovia es mucho más. Durante la Edad Media fue un importante centro del comercio de la lana y la industria textil  y, a consecuencia de su pasada importancia, conserva, fuera de sus murallas, un impresionante conjunto de iglesias románicas,  así como notables muestras de los estilos gótico y mudéjar. Merece la pena dar un paseo extramuros.

La iglesia de la Vera Cruz

Segovia, mucho más que cochinillo, alcázar y acueducto

Esta pequeña iglesia románica es muy peculiar. Su ubicación, en un lugar aislado al norte de la ciudad, y su extraña forma siempre han llamado la atención. La tradición atribuye su fundación a los templarios, pero parece que realmente la construyeron los caballeros de la Orden del Santo Sepulcro. De planta dodecagonal, su modelo más directo parece ser la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Como ella, la Vera Cruz se alza en torno a un edículo o templete, en este caso circular y de dos alturas (en la iglesia del Santo Sepulcro, el edículo se edificó para albergar el sepulcro propiamente dicho). De modo menos directo, su modelo podría ser la Cúpula de la Roca, construida por los musulmanes en el siglo VII, también en Jerusalén, en torno a la roca desde la que, supuestamente, Mahoma ascendió a los cielos.

En la actualidad, la iglesia pertenece a la Orden de Malta.

La iglesia de San Millán

Segovia: San Millán

La iglesia de San Millán, situada en el barrio extramuros del mismo nombre, es una de las más interesantes de la ciudad. Su torre, de estilo mudéjar, es la parte más antigua del templo (formaba parte de la iglesia original, construida en ese estilo). El resto del edificio, de estilo románico, es producto de la reforma realizada a comienzos del siglo XII. Cuenta con dos galerías de arcos porticados, que son una característica del románico segoviano. En el interior, de notables dimensiones (tiene 50 metros de longitud y 20 de altura hasta la cúpula del transepto), destacan las diez arcadas cegadas del ábside central, en el que se encuentra el altar mayor.

El monasterio de San Antonio el Real

Segovia: San Antonio el Real

He dejado para el final el monumento más impactante: el monasterio de San Antonio el Real. Un monasterio relativamente poco conocido y, por desgracia, poco visitado (y digo por desgracia porque las monjas clarisas, titulares del monasterio, se ven negras para atender a su conservación; hasta el punto de que para obtener dinero han tenido que ceder una parte de él, que incluye un claustro, al colindante Hotel San Antonio el Real).

El monasterio de San Antonio el Real  fue construido en 1455 como palacio de recreo, en lo que entonces era un bosque cercano a la ciudad de Segovia, por Enrique IV de Castilla. Pronto se convirtió en un convento. La reina Isabel La Católica lo cedió a las monjas clarisas, con lo que pasó a ser  un convento de clausura, situación que ha durado hasta nuestros días. Gracias a su status ininterrumpido de convento de clasura, el monasterio ha conservado intactos sus tesoros, entre ellos sus magníficos artesonados mudéjares, como el que vemos en la foto (perteneciente a la Sala Capitular) o los del claustro y el refectorio, y tres trípticos flamencos de la escuela de Utrecht, de “tierra de pipa” policromada. Por el módico precio de 2 euros por persona verás todas estas maravillas y escucharás la correspondiente explicación. ¿Quién da más?